En la Grecia clásica nació un género que llenaba los teatros: la tragedia, inspirada casi siempre en mitos y héroes antiguos. Dos mil quinientos años después, India y Grecia son, respectivamente, el primer y tercer país del mundo donde el drama tiene mayor peso en la cartelera de cine. Algo similar ocurre con la Commedia dell’arte, que conquistó Italia desde el siglo XVI. Hoy, ningún otro país destina una porción tan grande de su taquilla a las comedias. En Japón, donde durante siglos se representaron el kabuki y el bunraku, el anime ocupa hoy un lugar central en la cartelera local.
¿Son estas coincidencias, o hay algo más profundo que conecta relatos que una sociedad se cuenta a sí misma desde hace siglos con las películas que hoy llenan sus cines? Esa es la pregunta que se hicieron Stelios Michalopoulos (Universidad de Brown) y Christopher Rauh (Universidad de Cambridge), en un estudio aceptado para su publicación en la revista American Economic Review, una de las más prestigiosas de la disciplina.
Para responder, los autores armaron una base de datos poco común. Por un lado, un catálogo con más de 2.500 relatos, mitos y leyendas tradicionales de 958 culturas alrededor del mundo, recopilado originalmente por antropólogos. Por otro, información sobre casi 29 mil películas estrenadas entre 1995 y 2019, con datos de en qué países se exhibió cada una y cuánto recaudó en cada mercado. Con la ayuda de herramientas de inteligencia artificial (las mismas técnicas que usan buscadores para “entender” el significado de un texto), compararon el argumento de cada película con el contenido de cada mito, para medir qué tan parecidas son las historias entre sí.
El primer resultado es que las películas más taquilleras del mundo suelen tener tramas parecidas a mitos que se repiten en muchísimas culturas distintas, por eso les va bien en casi todas partes. Pero el hallazgo más interesante aparece al comparar la misma película en distintos países: mientras más se parece su historia a las leyendas propias de un país, más probable es que esa película llegue a los cines de este y, si llega, más dinero recauda ahí. En promedio, solo cerca del 7% de las películas del estudio termina exhibiéndose en un país dado; cuando una película es algo más parecida al folclore local, esa probabilidad sube en torno a un punto porcentual, un salto no despreciable frente a esa base tan baja. Una vez en cartelera, cuanto más se parece la trama a los relatos ancestrales del país, más entradas vende.
Dos ejemplos ayudan a visualizar el fenómeno. Gladiador, estrenada en 2000 y con 465 millones de dólares en recaudación mundial, cuenta la historia de un guerrero que impone su dominio a través de la fuerza física. La película tuvo un desempeño relativo mucho mejor en países como India, Egipto, Italia y Turquía (donde las normas de género son históricamente menos igualitarias) que en Islandia, Tailandia u Holanda. Con Wonder Woman, película con protagonista femenina estrenada en 2017 (823 millones de dólares), el patrón se invierte: le fue mejor, en términos relativos, en países más igualitarios en materia de género.
Algo parecido ocurre con el riesgo y la venganza. Spider-Man: Un Nuevo Universo (2018), donde el protagonista triunfa pese a las dificultades, tuvo mejor recepción relativa en sociedades como Nueva Zelanda e Islandia, donde se crean más empresas nuevas por habitante (indicador típico de cuánto riesgo está dispuesta a asumir una sociedad). La entrega anterior, The Amazing Spider-Man 2 (2014), donde el héroe fracasa y pierde a un ser querido, no tuvo ese mismo empuje ahí. Comparando países con distinta disposición a emprender (por ejemplo, uno con una tasa de creación de empresas como la de Costa Rica frente a otro más parecido al Reino Unido), los autores estiman que una película que retrata el riesgo como algo que vale la pena asumir recauda más y se exhibe con mayor frecuencia en el país más emprendedor. Con la venganza sucede algo similar: Rápido y Furioso 6 (2013) tuvo mejor recepción relativa en países como Israel y Líbano, donde tradiciones narrativas giran con más frecuencia en torno al honor y la represalia, que en Finlandia o el Reino Unido. Dentro de Estados Unidos aparece un patrón parecido: las películas que los autores clasifican como centradas en venganza —como Ninja Assassin, Fast & Furious 6 o Avengers: Endgame— generan más interés de búsqueda en las regiones del país con tasas de homicidio más altas.
El estudio también compara, película por película, cómo se retrata a hombres y mujeres. En el conjunto analizado, los personajes femeninos resultan, en promedio, bastante más ligados a tareas del hogar, menos activos físicamente y menos dominantes que los masculinos. Esa diferencia en representación es, además, más marcada (y recibida con más interés por el público) en países donde las mujeres tienen hoy una participación laboral menor y donde el propio folclore local asignó históricamente a las mujeres un rol más subordinado.
La conclusión de los autores es más sutil de lo que parece a primera vista: el cine no cambia necesariamente lo que una sociedad valora, sino que más bien parece reflejarlo y, al hacerlo, reforzarlo con el tiempo. Pese a que hoy cualquier persona tiene acceso casi ilimitado a películas y series de cualquier rincón del mundo, en promedio seguimos prefiriendo las historias que, aunque estén ambientadas en una nave espacial o protagonizadas por superhéroes, se parecen a las que nos contaron nuestros abuelos.
Fuente:
Stelios Michalopoulos & Christopher Rauh. “Myths, Morals, and Movies”. American Economic Review (aceptado para su publicación); versión de trabajo de octubre de 2025.
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*Esta columna fue preparada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y revisada por el equipo de Contrafactual. El contenido debe ser leído y utilizado considerando dichas circunstancias.






