¿Cuándo tener hijos? El costo en la carrera de un embarazo que no estaba en los planes

¿Cuánto le cuesta a la carrera de una mujer tener un hijo a los 24 años en lugar de a los 30? La pregunta parece sencilla, y los datos para responderla abundan: basta mirar los sueldos de las madres jóvenes y de las que esperaron. El problema es que esa comparación casi siempre engaña. Quien decide cuándo tener hijos no es una moneda al aire, y esa decisión viene mezclada con todo lo demás en su vida.

Pensemos en dos mujeres de 22 años. Una está entusiasmada con un ascenso, ahorra para estudiar y prefiere esperar. La otra tiene una pareja estable, un empleo que no la apasiona y ganas de formar familia. Años después, la primera probablemente gane más. ¿Es porque postergó la maternidad o porque, desde el principio, tenía otros planes y otras oportunidades? Los economistas llaman a esto un problema de selección: la edad a la que se tiene un hijo es una elección, y las personas que eligen distinto no son comparables entre sí. Incluso el sentido del error es incierto: podría exagerar el costo de ser madre joven o subestimarlo.

Un estudio de Gallen, Joensen, Johansen y Veramendi, que el American Economic Review publicará próximamente, propone una salida ingeniosa. Si no se puede comparar a mujeres que eligieron, hay que encontrar mujeres a las que un embarazo les ocurrió sin que lo eligieran. Lo que se busca es lo que la disciplina llama un instrumento: algo que empuja a unas mujeres a tener un hijo antes que, a otras, pero que no tiene relación con sus ambiciones o sus planes.

Los autores lo encontraron en los anticonceptivos de larga duración, como el DIU y el implante. A diferencia de la pastilla, no exigen acordarse de nada: una vez puestos, funcionan solos. Por eso, cuando una mujer que los usa queda embarazada, lo más probable es que se trate de una falla del método y no de una decisión. Con registros administrativos suecos que unen datos de salud y de empleo para las mujeres nacidas entre 1965 y 1983, el equipo identificó a mujeres sin hijos que concibieron dentro de los nueve meses siguientes a obtener uno de estos dispositivos. Fueron 352 casos. Las compararon con casi 25.000 mujeres que habían recibido el mismo tipo de anticonceptivo a la misma edad y en el mismo año, pero que no quedaron embarazadas. Antes del embarazo, ambos grupos tenían ingresos similares y evolucionaban de manera parecida.

 

Después, las trayectorias se separan. Cinco años más tarde, el ingreso de las mujeres con un embarazo no planificado era cerca de un 19% menor. La brecha no se explica por dejar de trabajar: el empleo cae solo de forma temporal. Lo que parece pesar a la larga es la progresión profesional: a los siete años, estas mujeres tenían alrededor de 20 puntos porcentuales menos de probabilidad de estar en ocupaciones de mayor calificación, y la diferencia se asocia más a salarios que a horas trabajadas. En ese plazo tenían unos 1,5 hijos en promedio, frente a 0,5 en el grupo de comparación.

Como no todo embarazo termina en un nacimiento, y como parte de las mujeres del grupo de comparación también tienen hijos más adelante, los autores hacen un ajuste adicional para aislar el efecto de un primer hijo no planificado. Con ese ajuste, estiman una pérdida de ingresos promedio cercana al 25% en los años siguientes al nacimiento, frente a cerca de un 10% para los nacimientos planificados. El golpe también depende de cuándo llega: entre quienes tuvieron un hijo no planificado entre los 22 y los 27 años, la pérdida en los seis años siguientes fue de 32%, más del doble que entre las de 28 años o más. Entre las mujeres que estaban estudiando, la pérdida fue de 37% a 39%, contra 18% a 21% entre las que no lo hacían.

 

Hay límites que conviene tener presentes. Los resultados provienen de Suecia, un país con licencias parentales y servicios de cuidado muy distintos de los de otras economías. El grupo central es pequeño en términos relativos, y los propios autores advierten que, si parte de esos embarazos en realidad eran deseados, su estimación podría subestimar el efecto. Tampoco miden felicidad ni bienestar, solo ingresos y trayectoria laboral, que son una parte, no el todo, de lo que importa en una decisión como esta.

Lo que sí aporta el estudio es una forma más creíble de distinguir el efecto del calendario del efecto de quién eligió ese calendario. su mensaje central no es que tener hijos sea malo para la carrera, sino que el costo parece depender mucho del momento y de la posibilidad de planificarlo.

 

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*Esta columna fue preparada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y revisada por el equipo de Contrafactual. El contenido debe ser leído y utilizado considerando dichas circunstancias.

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