El retorno del proteccionismo: una mala idea con buenas ganancias políticas

Por Jorge Fantuzzi.

El proteccionismo ha resurgido con fuerza en los últimos años, impulsado por líderes que prometen revitalizar la industria nacional y proteger el empleo. Sin embargo, la evidencia empírica reciente sugiere que las políticas arancelarias no solo no cumplen con estos objetivos, sino que generan costos sustanciales para los consumidores y la economía en general. A pesar de ello, el proteccionismo sigue siendo una estrategia política atractiva.

Uno de los casos más paradigmáticos es el de los aranceles impuestos por la administración de Donald Trump en 2018. Según el estudio de Amiti, Redding y Weinstein (The Impact of the 2018 Tariffs on Prices and Welfare), los aranceles sobre 283 mil millones de dólares en importaciones fueron absorbidos casi en su totalidad por los consumidores y empresas estadounidenses, sin que los exportadores extranjeros redujeran sus precios. Esto elevó los costos de bienes importados entre un 10% y un 30%, lo que, lejos de beneficiar a la economía, resultó en una pérdida de bienestar de 8.2 mil millones de dólares en 2018.

Además, la respuesta internacional no se hizo esperar. China, la UE, Canadá y México impusieron aranceles retaliatorios que afectaron 121 mil millones de dólares en exportaciones estadounidenses, golpeando sectores como la agricultura y la industria automotriz. Como resultado, las ventas al exterior de EE.UU. cayeron en 2.4 mil millones de dólares al mes.

El caso específico de los aranceles a lavadoras en 2018, analizado por Flaaen, Hortaçsu y Tintelnot (The Production Relocation and Price Effects of US Trade Policy: The Case of Washing Machines), refuerza la ineficacia de estas medidas. Se impusieron tarifas del 20% al 50% con el objetivo de estimular la producción nacional. Si bien fabricantes como LG y Samsung trasladaron parte de su producción a EE.UU., el costo de esta política fue desproporcionado: los consumidores pagaron 1.5 mil millones de dólares adicionales por lavadoras y secadoras, mientras que solo se crearon 1,800 empleos. Esto implica un costo de 817,000 dólares por puesto de trabajo generado, una cifra que revela la ineficiencia del proteccionismo como herramienta de política industrial.

A pesar de estos datos, el proteccionismo sigue siendo una estrategia popular entre los políticos. Su atractivo radica en la narrativa simplificada de «proteger empleos locales» y «castigar a competidores desleales», fácil de vender en un contexto de incertidumbre económica. La realidad, sin embargo, es que estas políticas generan distorsiones en los mercados, aumentan los costos para los consumidores y desencadenan represalias que perjudican a sectores clave de la economía.

Las consecuencias del proteccionismo no se limitan a los países que lo implementan. En economías abiertas y dependientes del comercio internacional, como la chilena, las barreras comerciales impuestas por grandes economías pueden generar efectos indirectos significativos. Una menor demanda global por materias primas, la reducción de mercados de exportación y el encarecimiento de bienes intermedios afectan la competitividad de distintos sectores productivos. Así, aunque un país no adopte medidas proteccionistas, puede verse impactado negativamente por las restricciones impuestas en otros mercados.

El desafío, entonces, no es solo evitar caer en la tentación proteccionista, sino también diseñar estrategias para mitigar los efectos adversos que estas políticas generan en la economía global.

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