Lo que el aire que respiran los escolares les cuesta en la sala de clases: evidencia de casi 10 millones de estudiantes en EE.UU.

El Ministerio del Medio Ambiente informó el 2 de septiembre de 2026 que la Región Metropolitana tuvo su tercer mejor invierno en calidad del aire desde que existe el Plan de Prevención y Descontaminación Atmosférica de Santiago, vigente desde 1997: entre mayo y agosto se registraron 21 episodios críticos —3 preemergencias y 18 alertas ambientales por MP2,5— que sumaron 282 horas, un 69% menos que las horas de exposición a alta contaminación registradas en 2015. Es una buena noticia, y a la vez un recordatorio de que la política de calidad del aire en Chile está construida sobre episodios críticos puntuales: en los días de alerta o preemergencia, por ejemplo, se instruye a los colegios a moderar —no necesariamente suspender— las clases de educación física. Un nuevo estudio sugiere que el daño de la contaminación a los escolares podría no depender tanto de esos episodios extremos como del aire de todos los días.

Behrer, Goodman, Goyer y Park parten de un punto básico: casi toda la población mundial respira aire que excede las directrices de contaminación de la Organización Mundial de la Salud, pero se sabe poco sobre cuánto perjudica esa exposición la acumulación de capital humano. Para responderlo, usan datos longitudinales del examen PSAT —una prueba estandarizada que se rinde más de una vez en la trayectoria escolar— de casi 10 millones de estudiantes secundarios de Estados Unidos, comparando los puntajes de un mismo estudiante entre intentos precedidos por distinta calidad del aire, y usando el humo de incendios forestales lejanos —que ensucia el aire local sin tener relación con lo que pasa puertas adentro de cada escuela— como una forma de aislar el efecto de la contaminación de otros factores que podrían afectar el desempeño académico.

Un año de exposición a la contaminación reduce el aprendizaje en un equivalente a entre 14% y 19% de lo que un estudiante avanza normalmente en un año. El dato más sorprendente es de dónde viene ese daño: casi enteramente de días de contaminación moderada —entre 8 y 12 microgramos por metro cúbico—, por debajo del estándar histórico de la agencia ambiental estadounidense (EPA), y concentrado en la exposición durante el año escolar más que en vacaciones de verano, lo que apunta a la interrupción de la instrucción en clases como mecanismo. Los efectos son tres veces mayores en escuelas desfavorecidas y entre estudiantes afroamericanos e hispanos, que resultan más perjudicados por el mismo nivel de exposición.

La conclusión de los autores es que la exposición a la contaminación del aire amplía las brechas de logro académico, y que buena parte de ese daño ocurre en niveles de contaminación que hoy no gatillan alertas ni preemergencias. Trasladado al caso chileno, el hallazgo no le resta mérito a la baja sostenida de horas en episodios críticos que reportó el Ministerio del Medio Ambiente esta semana, pero sí sugiere que la exposición acumulada en los días «normales» del año escolar —no solo los días de alerta— podría ser la variable más relevante para entender el efecto de la contaminación sobre el aprendizaje de los estudiantes.

Fuentes:

 Ministerio del Medio Ambiente, «Santiago registra su tercer mejor invierno en calidad del aire desde que existe el Plan de Descontaminación», 2 de septiembre de 2026; Ministerio del Medio Ambiente, «Autoridades lanzan Gestión de Episodios Críticos (GEC) 2026 para enfrentar la mala calidad del aire en la Región Metropolitana», 30 de abril de 2026.

Behrer, A.P., Goodman, J., Goyer, J.P. & Park, R.J. (2026). «Air Pollution and Learning». NBER Working Paper No. 35670.

Compártelo en tu red social favorita

Contenido relacionado

Get Curated Post Updates!

Sign up for my newsletter to see new photos, tips, and blog posts.