No es solo lo que la guerra destruye, sino cómo deja funcionando lo que queda: el costo económico menos visible de un conflicto – “La guerra y el costo de lo que permanece”

En febrero de 2026, el Banco Mundial, la Comisión Europea, Naciones Unidas y el gobierno de Ucrania publicaron una actualización de su evaluación conjunta de daños y necesidades de reconstrucción (RDNA5), que estimó en cerca de US$588.000 millones el costo de reconstruir y recuperar el país en la próxima década —casi tres veces su PIB nominal proyectado para 2025—. De esa cifra, unos US$195.100 millones corresponden a daño directo sobre viviendas, transporte y energía, mientras que las pérdidas socioeconómicas por interrupción del comercio, la industria y los servicios públicos llegan a US$666.700 millones. Son números que buscan capturar lo que la guerra destruye físicamente y deja de producirse. Pero un nuevo estudio pregunta por un costo distinto, más difícil de ver: qué tan bien funciona la economía que sobrevive.

Amann, Gorodnichenko y Talavera estudian ese costo bajo el nombre de productividad asignativa: la eficiencia con la que los recursos de una economía —trabajadores, capital, insumos— se distribuyen entre las empresas que mejor los pueden aprovechar. Usando datos de empresas ucranianas excepcionalmente completos, recolectados durante la invasión rusa a gran escala de 2022, y comparando distintos distritos de Ucrania según su nivel de exposición al conflicto —además de contrastar con la agresión rusa de 2014 y la crisis financiera global de 2008 como puntos de referencia—, los autores examinan qué le pasó a esa asignación de recursos durante la guerra.

El resultado es un colapso dramático de la productividad asignativa en Ucrania: la guerra moderna, según los autores, reduce la producción no solo al destruir fábricas, maquinaria o trabajadores, sino también al hacer que la economía sobreviviente funcione de forma mucho menos eficiente, con recursos atrapados en el lugar o la empresa equivocada. Entre los mecanismos que exploran están la intensidad de los combates, el desplazamiento interno de población, las trabas a la reasignación de recursos entre empresas y la inestabilidad macroeconómica.

La implicancia de política que plantean los autores es que restaurar esa eficiencia asignativa —y preparar de antemano arreglos institucionales que faciliten una reasignación rápida de recursos en tiempos de estrés— es tan crítico para sostener la capacidad económica y de defensa de un país como reconstruir la infraestructura destruida. En otras palabras, cifras como los US$588.000 millones que estima el Banco Mundial para reconstruir puentes, viviendas y plantas de energía en Ucrania podrían no capturar todo el costo económico de la guerra: parte de ese costo seguirá presente incluso después de reconstruido lo físico, mientras la economía no recupere su capacidad de asignar bien los recursos que le quedan.

Fuentes de las cifras: Banco Mundial, Comisión Europea, Naciones Unidas y Gobierno de Ucrania, comunicado de prensa «Updated Ukraine Recovery and Reconstruction Needs Assessment Released» (Rapid Damage and Needs Assessment, RDNA5), 23 de febrero de 2026.

Fuente:

Amann, M., Gorodnichenko, Y. & Talavera, O. (2026). «The Allocative Cost of War: A View to a Kill…ing of Productivity». NBER Working Paper No. 35704.

 

*Esta columna fue preparada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y revisada por el equipo de Contrafactual. El contenido debe ser leído y utilizado considerando dichas circunstancias.

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