Autor: Nano Barahona
En los últimos años, los títulos universitarios obtenidos de manera online han pasado de ser una alternativa marginal a convertirse en un componente central de los sistemas de educación superior en muchos países. Plataformas digitales, menores costos y regulaciones más flexibles han permitido que las universidades ofrezcan programas a distancia a gran escala. Para muchos estudiantes, esta modalidad representa una oportunidad valiosa: estudiar con horarios flexibles y a un costo mucho menor.
Sin embargo, la expansión de la educación online no solo cambia la forma en que los estudiantes aprenden. También transforma la manera en que las universidades compiten.
En un trabajo reciente junto con Cauê Dobbin y Sebastián Otero, estudiamos este fenómeno utilizando datos del sistema universitario de Brasil, hoy, el mercado más grande del mundo para programas universitarios online. Allí, la participación de los programas remotos en las matrículas de pregrado de alumnos de primer año pasó de alrededor de 17% en 2010 a cerca de 44% en 2019. Este crecimiento, ofrece un contexto ideal para entender cómo la educación online altera el funcionamiento del mercado universitario.
Nuestro análisis comienza con una comparación directa entre programas presenciales y online equivalentes ofrecidos por las mismas instituciones. La estructura académica es similar y las tasas de deserción de la modalidad online son ligeramente menores, posiblemente porque la flexibilidad de la modalidad permite compatibilizar estudios con trabajo u otras responsabilidades. La diferencia más evidente entre ambas es el precio: los programas online tienen matrículas aproximadamente 40% más bajas.
Cuando observamos los resultados en el mercado laboral, aparece otra diferencia importante. Los títulos online sí generan beneficios respecto de no estudiar, pero los retornos son significativamente menores que los de programas presenciales. En carreras de negocios, por ejemplo, un título presencial aumenta los ingresos alrededor de un 18% en comparación con no tener estudios universitarios, mientras que un título online aumenta los ingresos en torno a un 8%. Esta brecha es particularmente grande para estudiantes jóvenes al inicio de su carrera laboral.
La pregunta clave entonces es qué ocurre cuando los programas online se expanden. Por un lado, encontramos que cuando la oferta de carreras online aumenta, la matrícula total universitaria también crece. Aproximadamente la mitad de los estudiantes que se inscriben en programas online no habrían asistido a la universidad de otra manera.
Pero el otro lado de la historia es que la otra mitad de los estudiantes que entran a programas remotos proviene de carreras presenciales. Es decir, algunos estudiantes que habrían elegido títulos con mayores retornos terminan desplazándose hacia alternativas más baratas, pero también menos valiosas en términos de ingresos futuros.
Además, la expansión de la educación online intensifica la competencia entre instituciones. Los programas presenciales suelen tener costos fijos elevados: campus, laboratorios, profesores en planta y otros recursos que no pueden ajustarse fácilmente cuando la matrícula cae. En regiones y áreas de estudio donde los programas online crecen con mayor fuerza, observamos que los precios de los programas presenciales tienden a caer y algunos programas terminan cerrando porque dejan de ser rentables.
Cuando esto ocurre, las opciones disponibles para los estudiantes también cambian. Si un programa presencial en una ciudad pequeña desaparece, los estudiantes que querían estudiar esa carrera pueden verse obligados a elegir entre estudiar online o no estudiar en absoluto. Así, una innovación que inicialmente parecía ampliar las opciones puede, con el tiempo, reducir la variedad de alternativas educativas.
Estos efectos no son iguales para todos. Por ejemplo, estudiantes adultos de entre 26 y 45 años que no estudiaron cuando terminaron el colegio se benefician de la expansión de la educación online. Para muchos de ellos, la flexibilidad es fundamental y los programas remotos representan una oportunidad que antes simplemente no existía. En cambio, los estudiantes más jóvenes suelen beneficiarse más de la educación presencial y son quienes enfrentan mayores pérdidas cuando las alternativas presenciales se reducen.
Todo esto sugiere que el debate sobre la educación online no debería reducirse a una simple discusión entre acceso y calidad. Los programas online amplían oportunidades para muchos estudiantes, pero también cambian la competencia entre universidades y, con ello, las opciones disponibles en el largo plazo. El desafío para las políticas públicas no es frenar esta expansión, sino integrarla de manera que preserve alternativas de mayor valor.







