Lo que la evidencia dice (y no dice) sobre los primeros años de vida

¿Realmente los primeros mil días de vida —desde la concepción hasta los dos años— determinan buena parte del futuro de una persona? Es una idea instalada hace tiempo en el debate de políticas públicas, pero un extenso artículo de Attanasio (Universidad de Yale), próximo a publicarse en la revista Journal of Economic Literature, se pregunta qué tan sólida es realmente la evidencia detrás de esa intuición y qué ha aprendido —y qué no— la investigación económica sobre cómo se forma el desarrollo infantil.

Un primer punto que subraya el artículo es que el desarrollo temprano no es un solo número, sino varias dimensiones que interactúan entre sí: salud, nutrición, habilidades cognitivas (como el lenguaje o la memoria) y habilidades socioemocionales (como la capacidad de concentrarse o relacionarse con otros). Estas dimensiones se retroalimentan: un niño más sano tiende a desarrollar antes ciertas habilidades cognitivas, que a su vez pueden mejorar su autoestima y motivación, y así sucesivamente.

La evidencia de que estos primeros años dejan huella de largo plazo viene de fuentes muy distintas. Un estudio clásico sobre niños dados en adopción desde orfanatos rumanos mostró que la privación severa en la primera infancia tiene consecuencias que persisten en el tiempo, aunque también reveló que un cambio temprano de ambiente permite recuperar parte importante del terreno perdido. En la misma línea, una síntesis de múltiples estudios encontró que los bebés que nacen con más peso —dentro de rangos considerados normales— tienden a ganar, ya adultos, en promedio cerca de 2,75% más al año que quienes nacieron con menos peso. Y un estudio sobre inmigrantes que llegaron a Estados Unidos como refugiados durante su infancia mostró que la edad de llegada no afecta demasiado los ingresos futuros hasta los 6 años, pero que después de esa edad cada año adicional antes de emigrar se asocia a menores ingresos como adulto.

Attanasio dedica buena parte del artículo a revisar qué intervenciones de política pública realmente han demostrado funcionar, con resultados sorprendentemente dispares. El caso más citado en el campo es el “Estudio de Jamaica” de comienzos de los años noventa, que dio origen al programa Reach Up: visitas domiciliarias estructuradas para enseñar a las madres a estimular el desarrollo de sus hijos mediante el juego. El modelo fue replicado después en países como Bangladesh, China, Colombia e India y —un hallazgo interesante que destaca el artículo— sesiones grupales de bajo costo han logrado resultados similares a las costosas visitas individuales originales.

En Estados Unidos, dos programas de los años sesenta y setenta —el Perry Preschool Program y el proyecto Abecedarian— se volvieron célebres por sus efectos de largo plazo en empleo, ingresos y menor conducta delictiva en la adultez, pese a que las mejoras iniciales en el coeficiente intelectual de los niños tendían a desvanecerse con los años. La evidencia sugiere que lo que perdura no es tanto el “empujón” cognitivo inicial, sino las habilidades socioemocionales que el programa deja instaladas. Para el caso de Abecedarian, un estudio citado en el artículo estimó que cada dólar invertido generó entre 7 y 10 dólares de beneficio social, con una rentabilidad anual de entre 7% y 10%.

No todo funciona igual de bien, sin embargo. La evaluación aleatorizada inicial de Head Start —la política de infancia temprana más grande de Estados Unidos— encontró beneficios más bien modestos: una mejora leve en las pruebas de lectura al final del año de preescolar, sin efectos claros en matemáticas, y con las ganancias diluyéndose con el tiempo. Estudios posteriores sugieren que buena parte de esa diferencia con programas como Perry o Abecedarian se explica por variaciones en la calidad de los distintos centros donde se implementó el programa.

Quizás el resultado más llamativo del artículo es uno reciente y todavía preliminar: el estudio “Baby’s First Years”, que entrega a madres de bajos ingresos en Estados Unidos transferencias mensuales en efectivo superiores a 300 dólares durante varios años. Tras cuatro años, no se detectan hasta ahora efectos sobre el desarrollo cognitivo o socioemocional de los niños. La lectura de Attanasio plantea que estos resultados son consistentes con la teoría de que el dinero, por sí solo, podría no ser suficiente: probablemente se necesite combinarlo con programas que efectivamente cambien las prácticas de crianza, y no solo el ingreso disponible del hogar.

El mensaje de fondo del artículo no es que “todo lo que se haga en la primera infancia funciona”, sino más bien lo contrario: que todavía falta entender bien qué tipo de intervención, en qué momento y para qué niños específicos, realmente logra cambiar una trayectoria de vida. Y que, dado lo mucho que está en juego —el propio autor cita estimaciones según las cuales 250 millones de niños en el mundo no alcanzan su potencial de desarrollo por haber nacido en hogares desaventajados—, seguir invirtiendo en responder esa pregunta vale la pena.

Fuentes:

Orazio Attanasio, “The First 1000 Days and Beyond: The Process of Child Development”, NBER Working Paper No. 34651, enero de 2026 (próxima aparición en el Journal of Economic Literature). Disponible en: https://www.nber.org/papers/w34651.


*Esta columna fue preparada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y revisada por el equipo de Contrafactual. El contenido debe ser leído y utilizado considerando dichas circunstancias.

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