Por Pablo Ilabaca*
“If he scores another few, then I’ll be Muslim, too” (Si anota un par más, yo también seré musulmán). Con este cántico, las gradas del Liverpool F.C. celebraban en 2018 a Mohamed Salah. No era solo euforia, su presencia redujo los crímenes de odio en Merseyside un 16% (Alrababa’h et al., 2021).
Sin embargo, la inclusión en el fútbol es un terreno frágil. Tres años después, cuando Inglaterra perdió la final de la Eurocopa y Marcus Rashford, Jadon Sancho y Bukayo Saka fallaron sus penales, las redes se inundaron de racismo. En las semanas siguientes, los crímenes de odio racial en Londres se dispararon un 30% (Nägel et al., 2024). El fútbol trasciende el entretenimiento, es un potente catalizador social y económico capaz de moldear prejuicios, pero siempre bajo la sombra del éxito.
En la era digital, la aceptación social ya no exige el contacto directo. Aquí entra en juego la Hipótesis del Contacto Parasocial, la capacidad de desarrollar vínculos emocionales unilaterales con figuras públicas (ReachLink, s.f.). Cuando los medios exponen positivamente a un miembro de un grupo estigmatizado, los prejuicios colectivos comienzan a desmoronarse.
El caso de Salah en Merseyside es el ejemplo perfecto porque no diluyó su identidad. El delantero egipcio que expuso su fe en el epicentro del espectáculo, su nombre islámico y su celebración ejecutando el sujood (la postración religiosa) obligaron a una audiencia históricamente hostil a procesar el éxito deportivo de la mano del Islam.
El impacto de este puente invisible es medible. El optimismo por sus goles redujo casi a la mitad los tuits islamófobos de los aficionados (del 7,3% al 3,8%) y aumentó en 5 puntos porcentuales la percepción de que el Islam es compatible con los valores británicos (Alrababa’h et al., 2021). Que esto ocurriera en Merseyside (una región históricamente menos diversa y con altas tasas de crímenes de odio) demuestra el verdadero poder de este fenómeno.
Este efecto social es tan potente como volátil, pues opera bajo un sesgo condicional. Lo resumió el futbolista Mesut Özil, “Soy alemán cuando ganamos, pero soy un inmigrante cuando perdemos”. Ante un fracaso colectivo de alto impacto, la mente humana tiende a desviar la culpa hacia un chivo expiatorio percibido como ajeno al grupo para proteger su propia autoimagen.
Los datos de la Eurocopa 2020 demuestran que la derrota no crea nuevos intolerantes de la noche a la mañana. Más bien ejerce un efecto de activación (galvanizing effect) en donde el fracaso opera como un permiso social que despierta prejuicios latentes en comunidades con tensiones históricas (Nägel et al., 2024). La inclusión futbolística, por tanto, depende peligrosamente de que la pelota entre en el arco.
Si la aceptación en el estadio es asimétrica, su impacto macroeconómico es profundo. Las fracturas étnicas y culturales crónicas erosionan el desarrollo de un país al pulverizar la confianza y elevar los costos de transacción. En este escenario, el fútbol funciona como una “infraestructura emocional de bajo costo”.
Un análisis empírico en África subsahariana (Depetris-Chauvin et al., 2020) reveló que, tras una victoria crucial de la selección nacional, los ciudadanos tienen un 37% menos de probabilidades de priorizar su identidad étnica sobre la nacional, e incrementan en un 30% su confianza hacia otras etnias. Esta transformación alivia tensiones que el Estado muchas veces no logra contener, los países que clasifican a la Copa Africana de Naciones experimentan un 9% menos de conflictos civiles en los meses posteriores.
Aunque este alivio es transitorio, ese 9% representa una tregua invaluable. El fútbol no soluciona crisis estructurales, pero compra tiempo político. La clave económica reside en aprovechar esa ventana para implementar reformas y consolidar políticas públicas que transformen la emoción del estadio en estabilidad institucional de largo plazo.
El fútbol es un potente generador de capital social, el cual tiene la capacidad de mitigar prejuicios en lugares históricamente complejos como Merseyside o reducir conflictos civiles serios en la África subsahariana.
Pero su mayor virtud es a la misma vez su principal riesgo: la volatilidad; y es que lo verdaderamente fascinante del “efecto Salah” es que el derrumbe de prejuicios no nació de la asimilación o del silenciamiento de la diferencia, sino de la visibilidad absoluta de una identidad que se mantuvo auténtica frente a millones de pantallas. El fútbol demostró tener la capacidad casi mística de humanizar al “otro” a través de un lazo parasocial, transformando la idolatría deportiva en un puente cultural inesperado. Ahora, desgraciadamente, no deja de ser un contrato condicionado al éxito.
Alrababa’h, A., Marble, W., Mousa, S., & Siegel, A. A. (2021). Can exposure to celebrities reduce prejudice? The effect of Mohamed Salah on Islamophobic behaviors and attitudes. American Political Science Review, 115(4), 1111–1128.
Nägel, C., Kros, M., & Davenport, R. (2024). Three lions or three scapegoats: Racial hate crime in the wake of the Euro 2020 final in London.
Depetris-Chauvin, E., Durante, R., & Campante, F. (2020). Building nations through shared experiences: Evidence from African football. American Economic Review, 110(5), 1572–1602.
ReachLink. (s.f.). Relaciones parasociales: Por qué nos sentimos cercanos a desconocidos. https://www.reachlink.com/es/consejos/soledad/relaciones-parasociales-por-que-nos-sentimos-cercanos-a-desconocidos/







