¿Las universidades de élite ayudan a que estudiantes talentosos de origen modesto se integren a la élite social, o ayudan a que las élites existentes conserven sus posiciones? Es una pregunta antigua en la sociología y la economía de la educación, y una difícil de responder con rigor causal: quienes entran a una universidad selectiva y quienes no suelen diferir en muchas otras dimensiones no observables.
Un estudio de Andrés Barrios-Fernández, Christopher Neilson y Seth Zimmerman, aceptado en el American Economic Review [1], aborda el problema con cinco décadas de datos administrativos chilenos —del Ministerio de Educación y del DEMRE, que administra el examen de admisión universitaria— vinculados entre padres e hijos. La estrategia central es una regresión discontinua alrededor de los puntajes de corte de admisión a las carreras más selectivas de la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica —medicina, derecho, ingeniería y negocios—, comparando a postulantes que quedaron justo por encima y justo por debajo del corte: dos grupos de padres virtualmente idénticos, salvo por si entraron o no a una universidad de élite.
El primer resultado es que cruzar el umbral de admisión no mejora el rendimiento académico de los hijos: el puntaje de admisión y las notas de la generación siguiente no cambian de forma significativa en el corte.
Lo que sí cambia, de forma sustancial, es el entorno social. Los hijos de padres admitidos tienen 4,5 puntos porcentuales más de probabilidad de asistir a un colegio privado de élite (un salto de 21% sobre la base) y 2,4 puntos más de probabilidad de matricularse en la propia Universidad de Chile o la PUC (7,5% sobre la base). También aumenta en 7,1 puntos porcentuales la probabilidad de que el propio postulante admitido se case con alguien egresado de un colegio privado.
El mecanismo que proponen los autores no es la formación de capital humano de los padres, sino su exposición social: al entrar a la universidad de élite, acceden a un círculo de pares de alto estatus que después heredan sus hijos —vía colegio y matrimonio—, independientemente de si esos padres aprendieron algo que después les sirvió para criar hijos con mejores notas.
Los datos descriptivos del propio estudio ilustran la magnitud de la concentración: en 2019, solo 10,1% de los estudiantes de primer año de la Universidad de Chile y la PUC venía de colegios privados de élite, pero ese grupo estaba sobrerrepresentado 16 veces respecto de su peso en la población general de egresados de enseñanza media —una cifra que los autores comparan con el 14,5% de estudiantes de las universidades Ivy+ de Estados Unidos que provienen del 1% más rico.
Los propios autores describen el resultado como una tensión entre dos objetivos distintos de la política de admisión: cuánto mérito adicional se premia y cuánto capital social se redistribuye o se blinda entre generaciones. El estudio no toma partido sobre cuál de esos objetivos debería primar; su aporte es mostrar, con datos de largo plazo, que ambos se mueven a la vez cuando cambian las reglas de admisión a las universidades más selectivas.
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Notas y fuente académica
[1] Barrios-Fernández, A., Neilson, C.A. & Zimmerman, S.D. (2026). «Elite Universities and the Intergenerational Transmission of Human and Social Capital». American Economic Review, 116(6), 2120-2165. DOI: 10.1257/aer.20230802







