En prácticamente todos los países de altos ingresos, la tasa de natalidad ha caído a niveles nunca antes vistos. Muchas naciones están hoy muy por debajo de la llamada “tasa de reemplazo” de 2,1 hijos por mujer, el umbral necesario para que la población no disminuya de una generación a otra. Esto ha encendido alarmas sobre el futuro de la fuerza de trabajo, el crecimiento económico y la sostenibilidad de sistemas de pensiones y salud que dependen de que haya suficientes trabajadores jóvenes financiando a la población mayor.
Los economistas Melissa Kearney (Universidad de Notre Dame, Maryland) y Phillip Levine (Wellesley College) se preguntan, en un extenso documento de trabajo publicado por el NBER, por qué está pasando esto y si las explicaciones económicas tradicionales alcanzan para entenderlo.
Lo primero que hacen los autores es mirar los datos de una forma distinta a la habitual. En lugar de fijarse solo en la tasa de natalidad de un año en particular —que puede subir o bajar por razones puntuales, como una crisis económica pasajera—, siguen a distintas generaciones de mujeres a lo largo de su vida reproductiva. El resultado es contundente: la proporción de mujeres que llegan a los 30 años sin haber tenido hijos ha aumentado de manera sistemática en todos los países analizados. Esto indica que estas generaciones terminarán teniendo, en promedio, menos hijos que las mujeres nacidas en los años setenta y ochenta.
¿Y por qué está pasando esto? Los autores revisan la evidencia disponible sobre las explicaciones más comunes y encuentran que ninguna, por sí sola, logra dar cuenta de una caída tan extendida y sostenida. Por ejemplo, algunos estudios muestran que dar pequeños incentivos financieros a las familias —como bonos por hijo o subsidios puntuales— sí puede aumentar algo la natalidad, pero el efecto es demasiado pequeño como para explicar un cambio de esta magnitud. Lo mismo ocurre con políticas que facilitan combinar trabajo y crianza: ayudan, pero no parecen revertir la tendencia de fondo. Incluso la relación causal entre ingreso y fertilidad tampoco explicaría por qué toda una generación, en países muy distintos entre sí, está postergando o evitando la maternidad y la paternidad.
Frente a esto, Kearney y Levine plantean mirar el fenómeno con un lente más amplio que el de los modelos económicos clásicos de fertilidad, que tradicionalmente se centran en el costo y el beneficio material de tener hijos. Su propuesta es que lo que ha cambiado es más bien el lugar que ocupa la crianza dentro de las prioridades de vida de las personas adultas: llaman a esto una “reordenación de prioridades”. Detrás de ese reordenamiento estarían fuerzas culturales y sociales de fondo, como la creciente exigencia asociada a “criar bien” a los hijos, la influencia de los pares y las normas sociales, y la caída en la práctica religiosa, que históricamente ha estado asociada a familias más numerosas.
Los propios autores son cautos: no dicen que el dinero o políticas de conciliación trabajo-familia no importen, sino que advierten que, si se quiere entender —y eventualmente incidir— en la baja natalidad, hace falta investigar más sobre estos factores sociales y culturales que rara vez entran en los modelos tradicionales de los economistas. Mientras tanto, la pregunta de fondo persiste: ¿qué significa, para una sociedad, que criar hijos deje de ser una prioridad central en la vida de sus adultos?
Fuentes:
Kearney, M. y Levine, P. (2026) “Why Is Fertility So Low in High Income Countries?”, NBER Working Paper No. 33989, próximo a publicarse en Journal of Economic Literature. Disponible en: www.nber.org/system/files/working_papers/w33989/w33989.pdf
*Esta columna fue preparada con apoyo de herramientas de inteligencia artificial y revisada por el equipo de Contrafactual. El contenido debe ser leído y utilizado considerando dichas circunstancias.






